La frase «Doctores tiene la Iglesia», tan habitual en el lenguaje cotidiano, no es un simple refrán popular sin autor ni contexto. Su origen es preciso, identificable y profundamente eclesial. Aparece en 1599 en el Catecismo de Gaspar Astete, un jesuita nacido en Salamanca en 1537, que escribió un compendio sencillo de los conocimientos de la fe católica que un cristiano debe conocer y cumplir.
P.: Además del Credo y los Artículos, ¿creéis otras cosas?
R.: Sí, Padre, todo lo que está en la Sagrada Escritura y cuanto Dios tiene revelado a su Iglesia.
P.: ¿Qué cosas son ésas?
R: Eso no me lo preguntéis a mí que soy ignorante; Doctores tiene la santa Madre Iglesia que lo sabrán responder.»
El contexto en el que surge la frase es revelador: un diálogo catequético en el que el fiel reconoce humildemente su ignorancia y remite la explicación de las verdades de la fe a la autoridad doctrinal de la Iglesia. No se trata, por tanto, de una evasiva ni de una ironía, sino de una afirmación de confianza en el saber custodiado y transmitido por quienes la Iglesia reconoce como maestros en la fe.
Con el paso del tiempo, la expresión salió del ámbito catequético y pasó al lenguaje común, donde se fue acortando hasta la forma actual: «Doctores tiene la Iglesia». Desde entonces se utiliza para expresar que hay cuestiones que requieren un conocimiento más profundo y que conviene dejar en manos de quienes tienen autoridad y competencia para responder.
Recordar el origen de esta frase es, pues, recuperar también su sentido original: humildad intelectual, respeto por la tradición y confianza en una Iglesia que no improvisa su fe, sino que la ha pensado, rezado y custodiado a lo largo de los siglos. En tiempos de opiniones rápidas y certezas superficiales, la expresión conserva toda su actualidad.
Gaspar Astete falleció en Burgos en 1601. Su catecismo, sucesivamente reeditado hasta el siglo XX, llegaría a alcanzar más de seiscientas ediciones. No fue un «Doctor de la Iglesia», pero su obra contribuyó a la evangelización durante casi cuatro siglos.