Cuando pensamos en La Divina Comedia, solemos recordar el Infierno, sus círculos y sus castigos. Pero Dante Alighieri reserva una de las escenas más luminosas de su poema para algo muy distinto: una verdadera asamblea celestial de sabios, teólogos y santos.
En el Paraíso, especialmente en el llamado Cielo del Sol, Dante sitúa a algunas de las grandes inteligencias de la tradición cristiana. Allí aparecen figuras como Tomás de Aquino, Buenaventura de Bagnoregio, Isidoro de Sevilla, Beda el Venerable, Anselmo de Canterbury o Juan Crisóstomo. No están allí como adornos eruditos, sino como luces vivas: almas que enseñaron, pensaron, discutieron, rezaron y buscaron la verdad hasta convertir su inteligencia en alabanza.
Hay algunos preciosos detalles de concordia, propios del escenario celestial donde se ubica el argumento. Tomás de Aquino, dominico, canta la santidad de Francisco de Asís. Y Buenaventura, franciscano, responde ensalzando a Domingo de Guzmán. Dante imagina así un cielo donde las tensiones entre escuelas, órdenes y sensibilidades teológicas quedan transfiguradas en armonía.
Porque para Dante la verdad no se posee en soledad ni se defiende desde la rivalidad, sino que resplandece cuando las distintas vocaciones de la Iglesia se reconocen mutuamente. La razón escolástica de Tomás, la sabiduría mística de Buenaventura, la erudición de Isidoro, la historia sagrada de Beda o la elocuencia de Juan Crisóstomo forman una especie de coro. Cada uno conserva su voz, pero todos cantan la misma Verdad.
También aparecen o son evocadas otras grandes figuras que hoy están declaradas como Doctores de la Iglesia: Agustín, Jerónimo, Gregorio Magno o Bernardo de Claraval. Algunos hablan; otros son sólo mencionados. Pero en todos los casos, Dante los contempla como maestros de una sabiduría que no es mero conocimiento, sino santidad, contemplación y amor.
Por eso, el Cielo del Sol no es simplemente una galería de intelectuales cristianos. Es una imagen de la Iglesia iluminada por Dios, reconciliada en sus diferencias y capaz de poner el estudio al servicio de la fe. En la visión de Dante, los grandes doctores no compiten entre sí; giran como luces en torno al misterio divino.
Quizá por eso resulta tan actual esta página medieval. En tiempos de polémicas, etiquetas y enfrentamientos, Dante nos recuerda que la verdadera doctrina no oscurece la caridad, y que la inteligencia cristiana alcanza su plenitud cuando se vuelve humilde, agradecida y contemplativa.
