…los restos de Beda, Doctor de la Iglesia, fueron robados por un sacerdote?

En la Edad Media, los restos de los santos no eran solo objeto de veneración devota: eran también fuentes de prestigio, identidad y riqueza para monasterios y ciudades. El caso del traslado —no exento de controversia— de las reliquias de Beda el Venerable es un ejemplo paradigmático de este fenómeno, conocido en la historiografía como furta sacra, el “robo sagrado” de reliquias.

Beda el Venerable (†735), monje de Wearmouth‑Jarrow y uno de los grandes Doctores de la Iglesia, fue enterrado inicialmente en el monasterio donde había vivido y muerto. Sin embargo, sus restos no permanecieron allí para siempre. Según testimonios medievales, un sacerdote llamado Ælfred, vinculado a la comunidad de Durham, a principios del siglo XI sustrajo secretamente los huesos de Beda en una bolsa de lino y los trasladó a esa ciudad. Confió el hecho a un selecto grupo de amigos y, tras su muerte, las reliquias ya quedaron en dicha ciudad.

Este acto, que desde una perspectiva moderna podría calificarse sin ambages como robo, fue interpretado por sus contemporáneos en clave providencial: si el santo “permitía” ser trasladado, era señal de su voluntad. Con el tiempo, las reliquias de Beda acabarían junto a las de san Cutberto en la catedral de Durham, y más tarde tendrían incluso un santuario propio en la capilla Galilea, donde aún hoy se veneran.

El episodio de Beda no fue excepcional. Entre los siglos IX y XII se desarrolló en Europa un auténtico mercado de reliquias, impulsado por la convicción de que la presencia de un santo garantizaba protección divina, milagros y, sobre todo, afluencia de peregrinos. Más peregrinos significaban más donaciones, mayor influencia política y un lugar destacado en el mapa espiritual de la cristiandad.

La Iglesia condenó oficialmente la compraventa de reliquias y trató de poner límites a los abusos, consciente de los riesgos de fraude y superstición. Ya en la Edad Media se alzaron voces críticas —como san Bernardo de Claraval o, más tarde, san Bernardino de Siena— ante la proliferación descontrolada de restos santos y la abundancia de falsificaciones.

Pero en el caso de Beda, no consta una condena eclesiástica formal del traslado. La presencia de sus reliquias en Durham fue asumida como legítima y acabó consolidándose, hasta el punto de convertirse en uno de los grandes focos de veneración del norte de Inglaterra.

El robo de las reliquias de Beda el Venerable nos recuerda que, en la Edad Media, la devoción, la política y la economía estaban profundamente entrelazadas. Las reliquias eran signos de fe, pero también instrumentos de poder simbólico. La Iglesia, consciente de esa tensión, fue avanzando lentamente hacia una regulación más estricta, que culminaría siglos después en la prohibición absoluta del comercio de reliquias en el derecho canónico moderno.

Hoy, este episodio nos invita a una reflexión serena: la santidad y la doctrina eminente no dependen del lugar más o menos santo donde reposen los huesos, sino del testimonio de vida, fe y enseñanza que nos legaron. Y, en ese sentido, Beda sigue siendo verdaderamente “Venerable”, sea cual sea el lugar donde reposen sus restos.

Fuentes:

Simeon of Durham, Historia ecclesiae Dunelmensis, citado en: The Historical Works of Venerable Bede, Catholic Encyclopedia / eCatholic2000.

Patrick J. Geary, Furta Sacra: Thefts of Relics in the Central Middle Ages, Princeton University Press, 1978.
Imagen: Catedral de Durham