Hoy nos parece lo más natural del mundo: abrimos un libro y leemos en silencio, sin mover los labios, sin pronunciar palabra. Sin embargo, durante la Antigüedad esto no era lo habitual. Leer significaba leer en voz alta, incluso cuando se hacía a solas. Por eso, un gesto aparentemente insignificante llamó poderosamente la atención de otro Doctor de la Iglesia, Agustín, en el siglo IV: Ambrosio, obispo de Milán, leía en silencio.
El propio Agustín lo cuenta con asombro en el Libro VI de sus Confesiones. Describe cómo Ambrosio recorría las páginas solo con los ojos, algo que no había visto hacer nunca de otro modo.
«Cuando leía sus ojos corrían por encima de las páginas, cuyo sentido era percibido por su espíritu; pero su voz y su lengua descansaban. A menudo, cuando yo me encontraba allí, pues su puerta no estaba jamás prohibida a nadie, entrando todo el mundo sin ser anunciado,lo veía que estaba leyendo en voz muy baja y jamás de otro modo. (…) Quizás evitaba una lectura en alta voz, por temor a que algún auditor atento y cautivado le obligase, a propósito de algún pasaje oscuro, a perderse en explicaciones, a discutir sobre problemas difíciles y a perder así una parte del tiempo destinado a las obras cuyo examen se había propuesto; y después la necesidad de cuidar su voz, que se quebraba con gran facilidad, podía ser también una razón justa de leeer en voz muy baja. Sea lo que fuese, y fuera cualquiera el motivo que a ello le indujese, sólo podía ser bueno en un hombre como él»
Este detalle, aparentemente menor, es en realidad de gran importancia cultural. En el mundo antiguo, los textos solían escribirse sin separación entre palabras (scriptio continua), lo que hacía casi imprescindible la lectura en voz alta para comprender el sentido. Leer “mentalmente” exigía una destreza poco común y una relación nueva con el texto escrito.
Con el paso del tiempo, este episodio ha sido interpretado como uno de los primeros testimonios claros de la lectura silenciosa interior, un modo de leer que favorece la reflexión personal, la interiorización del sentido y el diálogo íntimo con el texto. No es exagerado decir que en ese silencio atento se anticipa una nueva forma de relación con la palabra escrita… y con la Palabra.
Ambrosio no pretendía inaugurar una revolución cultural. Simplemente, leía. Pero Agustín, testigo privilegiado, supo ver en aquel gesto discreto un signo de profundidad intelectual y espiritual. Y gracias a su relato, sabemos que, a veces, los grandes cambios comienzan en silencio.
Fuente: Lyons, Martins, Historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental, Editoras del Calderón, 2012
Imagen: Codex Sinaiticus, s. IV
