Cuando se menciona a Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia, se piensa en él como una de las grandes figuras espirituales del siglo XVI, «Apóstol de Andalucía» y patrón del clero secular español.
 
Sin embargo, la investigación histórica y la documentación archivística demuestran que  desarrolló ingenios hidráulicos de notable originalidad, hasta el punto de obtener para ellos Cédulas de Privilegio Real, el equivalente renacentista de una patente de invención. Esta faceta, eclipsada durante siglos por su inmensa obra teológica y pastoral, lo revela como un auténtico hombre del Renacimiento, capaz de integrar fe, ciencia y servicio al bien común.
 
En la España del siglo XVI, el dominio del agua era una cuestión estratégica: regadíos, molinos, batanes, herrerías y, de modo muy especial, la minería, dependían de soluciones técnicas eficaces. Juan de Ávila conocía bien este mundo. Su familia poseía explotaciones mineras en Sierra Morena y él mismo visitó las minas de Almadén, quedando profundamente impresionado por las duras condiciones de vida de los mineros. No es extraño, por tanto, que su genio práctico se orientara hacia máquinas capaces de elevar y conducir el agua con mayor eficiencia.
 
El invento más conocido de Juan de Ávila es el llamado “Alentador de aguas muertas”, registrado en 1550. En la terminología de la época, las aguas muertas no se referían solo a aguas estancadas, sino también a aguas subterráneas o de escaso movimiento, procedentes de pozos, estanques o minas.
 

Este ingenio permitía elevar el agua a cualquier altura, mediante caños y arcaduces, sin necesidad de construir torres, arcos ni grandes edificios, lo que suponía una innovación técnica y económica considerable. Su uso estaba pensado para múltiples fines: regadíos, abastecimiento de molinos, desagüe de minas y otros trabajos industriales. Los especialistas consideran que pudo tratarse de una máquina de presión o de achique, relacionada con sistemas descritos en la minería centroeuropea, pero adaptada con notable originalidad.

Asociada al alentador aparece la llamada “Balanza de cajas”, que algunos autores interpretan como un ingenio complementario. Su finalidad habría sido elevar el agua por tramos sucesivos, permitiendo alcanzar mayores alturas. Esta idea anticipa soluciones técnicas que más tarde harían célebres a otros ingenieros del Renacimiento, como Juanelo Turriano, autor del famoso artificio de Toledo.

La importancia de este invento se deduce no solo de su descripción en los registros, sino del hecho de que también fue protegido mediante privilegio real, lo que confirma su carácter innovador y su utilidad práctica. Pero igualmente se atribuyen a Juan de Ávila otros dos inventos: el “Supleviento” y las “Prudentes mañas” (o maneras). Ambos parecen estar especialmente relacionados con el ámbito minero.
 

El supleviento servía para hacer correr el agua sin corriente natural, incluso atravesando terrenos difíciles o desaguando minas. Las prudentes mañas, por su parte, estaban destinadas a sacar agua de pozos y norias, con o sin fuerza motriz, sin necesidad de ruedas ni arcaduces. El propio nombre sugiere un ingenio eficaz, flexible y fruto de una inteligencia práctica puesta al servicio de problemas reales.

Un dato revelador es que Juan de Ávila no buscó protagonismo personal por estos inventos. Delegó su registro en terceros y solo acudió a los tribunales cuando su autoría fue indebidamente apropiada. Los documentos conservados en el Archivo de Protocolos de Córdoba y en Simancas muestran que finalmente se le reconocieron sus derechos. Y lo más importante, los beneficios económicos de estos ingenios estaban destinados a sostener sus ingentes obras educativas y caritativas, coherentes con su proyecto pastoral.
 
Fuentes: El Maestro Juan de Ávila y sus máquinas hidráulicas, por María Fátima Moreno Pérez y José Roldán Cañas. Científicos cordobeses de ayer y de hoy. Real Academia de Córdoba, Col. Rafael Castejón VI, pp. 81-109.